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¿Por qué la imagen influye más de lo que creemos? En los últimos años se ha producido un aumento notable en el interés por la imagen personal, la estrategia de imagen y la asesoría de imagen, especialmente entre profesionales, emprendedores y marcas personales.
Este fenómeno no responde a una moda pasajera, sino a una toma de conciencia colectiva respaldada por datos, estudios científicos y una realidad observable en el día a día profesional.
Herramientas como Google Trends muestran un crecimiento sostenido en las búsquedas relacionadas con términos como estrategia de imagen personal, asesor de imagen o imagen de marca personal.
Este aumento es especialmente significativo en perfiles vinculados a liderazgo, emprendimiento, ventas, comunicación y gestión de equipos.
Pero más allá del dato digital, la relevancia de la imagen está ampliamente respaldada por la psicología social y la neurociencia.

Uno de los conceptos más conocidos es el efecto halo, un sesgo cognitivo que explica cómo una primera impresión positiva —por ejemplo, una imagen cuidada, coherente y alineada con el contexto— influye en la percepción global que hacemos de una persona. Si alguien nos parece competente visualmente, tendemos a atribuirle también competencia profesional, credibilidad e incluso inteligencia, aunque no tengamos todavía información objetiva.
A esto se suman estudios clásicos sobre comunicación no verbal, como los derivados de las investigaciones de Albert Mehrabian, que señalan que, en situaciones de primera impresión, entre el 55 % y el 60 % del impacto comunicativo depende de lo visual, frente a un porcentaje mucho menor del contenido verbal.
Sin entrar en simplificaciones excesivas, lo relevante es el consenso científico. La imagen tiene un peso determinante en cómo somos percibidos, especialmente en los primeros segundos de interacción.
Diversos estudios coinciden también en un punto clave:
En los primeros 7 segundos, una persona ya ha construido una percepción bastante estable sobre:
• nuestra autoridad,
• nuestra fiabilidad,
• el estatus que cree que ocupamos,
• y el valor del servicio o proyecto que podemos ofrecer.
Todo esto ocurre antes de que expliquemos nada.
Más allá de los estudios, la imagen opera de forma constante en la vida diaria a través de prototipos
visuales compartidos. Como sociedad, tenemos interiorizadas ciertas asociaciones entre imagen y rol. Cómo “debería” vestir un abogado, un médico, un directivo, una creativa, un emprendedor tecnológico o una marca de lujo.
Estos códigos no son arbitrarios. Funcionan como atajos mentales que nos permiten interpretar rápidamente quién es el otro, qué lugar ocupa y qué podemos esperar de él.
Cuando una imagen encaja con el arquetipo esperado, genera tranquilidad y confianza. Cuando se desvía sin intención clara, genera fricción, duda o desconfianza. Esto explica por qué, en el entorno profesional, una imagen mal alineada no suele generar rechazo
explícito, pero sí consecuencias silenciosas: menos credibilidad, más necesidad de justificarse, más esfuerzo para convencer.
La imagen, por tanto, no solo comunica. Reduce o aumenta la fricción en las relaciones profesionales. En este punto es donde entra la asesoría de imagen entendida como herramienta estratégica, no estética. Trabajar la imagen no consiste en “vestir mejor” ni en seguir tendencias, sino en traducir objetivos, rol y contexto en decisiones visuales concretas.
En el caso de un emprendedor o empresario, el trabajo parte de preguntas muy claras:
• ¿Qué papel ocupa hoy?
• ¿Qué quiere proyectar?
• ¿Qué necesita que los demás entiendan de él rápidamente?
A partir de ahí, la asesoría de imagen actúa sobre elementos como:
• silueta y estructura corporal,
• color como lenguaje emocional,
• proporciones,
• coherencia entre personalidad, mensaje y apariencia,
• y adecuación al entorno profesional y social.

En el caso de una marca o proyecto, el proceso es similar: la imagen personal del fundador o portavoz se convierte en extensión directa de la marca, reforzando su posicionamiento o, en algunos casos, debilitándolo si no existe coherencia. Por eso, cada vez más profesionales no recurren a la asesoría de imagen solo para ahorrar tiempo frente al armario o evitar compras innecesarias, sino para incorporar la imagen como una herramienta más de trabajo, al mismo nivel que la comunicación, el marketing o la estrategia de
negocio.
La creciente atención hacia la imagen personal no es superficial. Es el resultado de comprender que la imagen habla antes, condiciona la percepción y facilita —o dificulta— la consecución de objetivos.
Cuando la imagen está alineada con lo que una persona o una marca quiere comunicar, el mensaje fluye con menos resistencia.
Y en un contexto profesional cada vez más competitivo y visual, esa coherencia se convierte en una ventaja real.
Texto por Carla Arjona, CEO de https://www.instagram.com/lideratuimagen.es/